viernes, 22 de enero de 2010

ESTOY DE VUELTA

Antes que nada una disculpa a todos los seguidores y los que visitan este blog y que me habían preguntado cuando publicaria algo de nuevo, pues como dicen, mas vale tarde que nunca y ya estoy de vuelta después de un largo viaje que hice alrededor del mundo.... no es cierto, la neta es que andaba por ahi haciendome guey y haciendo otras cosas pero aqui estoy de nuevo y ahora les dejare un cuento que escribi hace tiempo y es parte de la colección de cuentos del centro histórico de la ciudad de México que tengo y que poco a poco iré publicando aquí.

LA CADENA DE VARAK


Rafael Méndez Pérez
Derechos Reservados

Esa tarde nublada, de árboles secos y hojas regadas por el suelo Carlo entró en la tienda de antigüedades, no buscaba nada en especial era sólo la simple curiosidad que surge al ver objetos extraños en el aparador como una figurilla hindú de cuatro brazos, un jarrón decorado con miles de colores o un mandoble de la edad media. Detrás del mostrador un par de manos rugosas de piel muy delgada sujetaban un periódico, los anteojos se movían en un cadencioso ir y venir de izquierda a derecha, la calva brillosa del anticuario de 68 años relucía gracias al reflejo de la luz del sol que se colaba por una ventana. Al cruzar el portal una campana sonó, el anticuario alzó la mirada para echar un vistazo y después siguió con lo suyo, Carlo por su parte observaba con detenimiento las cosas que estaban sobre los estantes, un ángel de porcelana, una cruz de madera con un Cristo de plata, un reloj cucú con un par de muñequitos que simulaban ser montañeses que golpeaban una campana y que le recordaba aquel que colgaba de una de las paredes de la casa de su abuela en donde pasó tan felices momentos de su infancia bebiendo chocolate caliente y escuchando las proezas del abuelo.

Las páginas eran cambiadas cada cinco minutos, con ese peculiar sonido que produce el papel al ser sujetado por los dedos, la respiración profunda del sexagenario era el otro ruido reinante.

La cita que Carlo tenía pactada con su amada Camile era hasta las 5:30 PM así que aun le quedaban 20 minutos para terminar de ver los objetos que se encontraban al fondo del local. ¡Una espada templaria! Pasó por su mente al verla sujetada en la pared, era obviamente una replica, pero eso si muy fiel al original. “Si lo sabré yo que soy un gran seguidor del Santo Grial y todo lo que lo rodea” se dijo Carlo interiormente.

Miró su reloj y sólo faltaban cinco minutos así que se enfiló hacía la entrada. Únicamente dio dos pasos y se detuvo ¿la razón? El brillo resplandeciente que provenía de una pequeña caja de cristal, se acercó y pudo percatarse de que en el interior descansaba una cadena muy delgada y fina que tenía un pequeño diamante cada cinco eslabones, quedó maravillado ante tal belleza solamente comparable con aquella vasija bizantina que encontró en un pequeño bazar ubicado en el barrio parisino de St. Germain cuando estuvo en Europa estudiando historia del arte en la Universidad de Salamanca, España.

Tomó la cajita entre sus manos, se dirigió al mostrador y la colocó sobre el periódico, el anticuario levanto la mirada indiferente.

-¿cuál es el precio? –preguntó ansioso.

-no esta en venta. –respondió el anticuario sin siquiera verlo.

-entonces porque está aquí? –preguntó molesto.

-olvide quitarla de ese lugar. –respondió el anticuario otra vez sin ver a Carlo.

Dio un fuerte golpe en el mostrador y salió del local furioso y frustrado, cruzó la avenida y entró en el Café Marsella, ahí sentada en la mesa de siempre esperaba Camile a su amado Carlo quién se sentó y no pronunció ni una palabra, no hizo falta, su mujer sabía perfectamente gracias a los años de estar a su lado y vivir un sin fin de experiencias que estaba molesto. Ninguno habló en cerca de veinte minutos y la incomodidad que produce ese silencio pesado como una loza comenzaba a impacientar a Camile quien jugueteaba con la cuchara, habían pasado cinco tazas de café.

“Pero he de obtenerla aunque tenga que robarla.” Dijo Carlo y miró a través de la ventana en dirección a la tienda de antigüedades, Camile le preguntó de qué hablaba y este le contó lo sucedido.

No podía contrariarle, ni tratar de persuadirlo de no hacerlo pues sabía que cuando a Carlo se le metía algo en la cabeza era muy difícil que hiciera caso e incluso podría ponerse algo violento, esa manera de ser tan obstinado le había traído satisfacciones y logros en la vida pero también fracasos y problemas.

Sentada, viendo a través de su ventana en dirección al parque, con una taza de café en una mano y un cigarro en la otra esperaba que el teléfono sonara y saber algo de Carlo pues ese día se cumplían seis de no saber absolutamente nada de él.

¡Una maldita cadena! No era una mujer, ni siquiera el trabajo, era una maldita cadena de oro la que los estaba separando, esa era la idea que pasaba por la mente de Camile una y otra vez.

Las ocho, nueve, diez de la noche. De igual manera pasó el medio día y la tarde sin tener el menor indicio de vida por parte de Carlo. La soledad se impregnaba en cada rincón, en cada fisura del departamento, que lejanos le parecían aquellos días en que ambos pasaban las tardes observando alguna película clásica o simplemente tomando un buen café caliente en la terraza disfrutando del ocaso.

Cerca de las 12:00 AM un sobresalto la levantó de la cama producto de los fuertes golpes que provenían de la puerta, era Carlo quien estaba muy sofocado. “Por fin la conseguí.” Le dijo muy agitado y con un extraño brillo en los ojos, un brillo de maldad que nunca le había visto y que le asustó. Lo pasó al interior y ambos se sentaron en el comedor, Camile le ofreció algo de tomar y le pidió un whisky mismo que bebió como si no hubiese tomado algo en varios días.

Se descubrió el pecho y sobre el descansaba la hermosa cadena, Camile la observó detenidamente y cuando intentó tocarla Carlo inmediatamente se abrochó la camisa, sin decir nada ambos se fueron a dormir.

Pasaron cuatro días en los que Camile notó a Carlo más raro aún de lo que ya estaba, lo notaba de algún modo más viejo, más delgado y no sólo del cuerpo sino del espíritu y del alma también. Era como dormir con un fantasma.

Alarmada y preocupada Camile fue a la tienda de antigüedades, ahí le preguntó al anticuario acerca de la cadena y este con la misma indiferencia y frialdad de siempre le contó que esa cadenilla era la cadena de Varak, un nigromante diabólico de la edad media, esa antigua reliquia mágica fue concebida con el único fin maligno de secar la vida de quien la portara excepto su creador y después cuando este la usara absorbería la misma. Camile se llevó la mano izquierda a la boca una vez que escuchó esto.

-lo mismo que te acabo de decir, se lo dije a él cuando vino y me amenazo con un arma para que le diera la cadena. –le dijo el anticuario y abrió su periódico. Sin más demora salió de aquel lugar.

Corrió a través de ríos de gente, recorrió avenidas largas hasta internarse en el subterráneo de la ciudad y abordar uno de los vagones intermedios en donde empezó a sentir una fuerte opresión que le recorría desde el estomago hasta el pecho y le dificultaba el paso del aire. Cuando salió se apresuró hasta llegar a la entrada del edificio, subió rápida y a la vez torpemente las escaleras, víctima de los nervios y la ansiedad por llegar. Sacó las llaves de su bolso, se le cayeron, las levantó y abrió la puerta, entró gritando ¡Carlo, Carlo! Y no obtuvo respuesta, se dirigió a la habitación y ahí sobre la cama encontró un montón de cenizas esparcidas a lo largo y ancho de esta y en el medio la cadena que lucía resplandeciente y hermosa como aquella tarde de otoño.

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