A continuación les dejo un cuento corto que escribí hace tiempo y que encontré por ahi arrumbado en una memoria usb.
Estaba sentado en mi mecedora española del siglo XVI que rechinaba una lastimera canción de crujidos en complicidad con el piso de madera curtida en cada balanceo, ahí frente al enorme ventanal me deleitaba con la pintura celestial llena de pinceladas naranjas, rojas y azules que daban vida al ocaso. El humo de mi cigarro formaba figurillas traviesas que se desvanecían en el aire, estaba descansando como no lo había hecho en muchos días y disfrutando de la calma casi mortuoria de mi casa de campo.
Esa tranquilidad y el ir y venir de mi silla me arrullaban, la somnolencia comenzaba a rodearme con sus brazos sutiles cuando me pareció escuchar a mis espaldas unos pasitos tímidos y delicados que recorrían el salón. Volteé en la dirección que me habían indicado mis oídos pero no encontré nada. Encendí otro cigarro y cuando le daba la primera calada volví a escuchar los pasitos, esta vez un poco más cerca. Volví a girar en dirección del ruido pero no encontré nada, seguramente es la madera me dije. Continué observando el último suspiro del atardecer cuando mis oídos claramente percibieron una risita delgada que los endulzaba cual si fuera miel en mi boca. Intempestivamente giré y me encontré con la silueta ingenua de un niño que sonreía y agitaba su manita de marfil, le devolví la sonrisa y me contestó con una risa un poco más fuerte pero igualmente azucarada de bondad. Me puse en pie para dirigirme hacia él pero apenas di un paso el niño que tenía un aspecto pálido y terso habló diciendo Vais a morir. Una fuerte ráfaga de viento helado entró intempestiva por el ventanal azotando sus hojas llenas de cristales contra las paredes, la noche lo había cubierto todo, la risita dulce volvió a sonar en el aire y cada segundo fue mutando en un lamento rabioso y estridente que se metía en mis nervios sacudiéndolos como una descarga eléctrica.
Caí presa del terror, me encogí buscando esconderme detrás de un mueble, quizás fueron segundos lo que duró aquel martirio pero a mi me parecieron horas, tanto así que no recuerdo el momento en que me desmayé. Al levantarme encontré pequeñas huellas de lodo que guiaban hasta la puerta del sótano donde desaparecieron.