Derechos Reservados
Mexico 2009
1
El automóvil se detuvo en la plaza de la constitución, en la ciudad de los palacios, frente al Majestic, descendió acomodándose las solapas, pagó los honorarios del taxista y este arrancó sin mirar atrás. Hasta ese lugar lo había llevado el destino para continuar con la búsqueda y espera que había emprendido hace más de 900 años en su natal Francia. Este era el sitio donde más tiempo había pasado y estaba dispuesto a convertirse, si es que no lo era ya, en una de las tantas leyendas de la Ciudad de México, su nuevo patria.
Deseaba llegar cuanto antes a su morada, un palacete colonial lleno de historia y olvido en sus paredes y marquesinas ubicado en la calle de Madero. Caminó lento, mezclándose con la gente que transitaba por las calles como autómatas, después de su metamorfosis ya nada era igual, no se acostumbraba a convivir con las personas normales, pues en apariencia, y sólo en eso, eran similares a él, pero ese era el precio, esa era la circunstancia de su nueva condición sobrenatural.
Cuando por fin llegó a su destino y cruzó el umbral de la puerta sintió renovado su espíritu, solo en su hogar se sentía reconfortado, tal vez porque solo el vivía ahí, estaba cansado, vivir 930 años lo tenían exhausto, solo el amor a su hijo lo mantenía en pie, la promesa que le hizo durante su agonía le renovaba el coraje, no así el alma, pues estaba convencido que la perdió el mismo día en que se convirtió en inmortal, si, el alma de Andreu había muerto.
Se dirigió al armario principal de la estancia central y de ahí extrajo el prodigioso artefacto que le permitía cumplir con su promesa hasta ese día, lo sujetó firmemente y lo contempló una vez más al tiempo que el oro y la amatista que lo revestían fulguraban intensamente como si le recordaran la extraordinaria propiedad que habitaba en todo su ser.
Volvió a colocar el artefacto en su lugar y se dirigió al enorme espejo que había en el salón mayor, frente a él descubrió su pecho yermo y recorrió con la mirada todas las cicatrices que había recibido en innumerables batallas y de las que había salido victorioso en todas, se tocó de manera especial una que tenía la forma de garra descarnada y que era la más profunda de todas, un hechicero maligno fue el autor de tan abominable herida.
“Juro que mi venganza será peor Andreu” fueron las palabras de aquel pobre diablo y después murió. 500 años habían pasado desde entonces y jamás había sucedido nada y estaba seguro de que nunca sucedería.
El alba daba paso al ocaso y Andreu sintió la necesidad de descansar su cuerpo y mente pues en sueños era donde realmente le gustaba vivir, ahí todo era felicidad, ahí podía ser todo lo que el quisiera, un ave, un toro o incluso agua, en los sueños podía convertirse en todo lo que nunca había sido y también ahí podía hacer todo lo que le viniera a la mente y pudiera desear tan ardientemente como quisiera, incluso morir.
2
…Recuerda que debes encontrar la palabra que abra el artilugio, un rayo cegador aparecerá y será la señal de tu nueva vida a la que jamás podrás renunciar… Se levantó con estas palabras en el pensamiento y alzó la vista hasta posarla en el arco de la entrada de su habitación, ahí estaba inscrita con letras doradas la palabra Renovatio, la misma que dijo para volverse perpetuo, tomó la moneda que había dejado sobre su buró y que fue lo último que sostuvo su hijo entre sus manos antes de morir a causa de la guerra que aquejó a su pueblo.
La llevaba consigo todos los días, pues tenía Fe en que las palabras del viejo ermitaño de oriente fueran ciertas El día que por fin encuentres a tu hijo esta moneda arderá entre tus manos, pero sobre todo será tu corazón el que te lo indicará.
La miró con detenimiento y una lágrima fluyó por su mejilla, recordando el infierno que había sido su vida desde aquel fatídico día, maldijo todo lo que le rodeaba, él que había sido el mayor de los creyentes de su villa renunció a su doctrina, tampoco se unió a la fuerzas del mal y de hecho las combatió a sangre y fuego matando a un sin fin de demonios que trataron en vano de convertirlo a su causa, a veces se arrepentía de su decisión pues más había sido el tiempo de espera en la tierra que lo que hubiese sido su muerte y poder reencontrarse con su amado hijo en el cielo.
Mucho tiempo llevaba ya en la ciudad, más de100 años para ser exacto, vio una parte de su transformación e historia pasar ante sus ojos, la conocía como la palma de su mano. Y siempre era el mismo dolor, perder a personas apreciadas por él a lo largo de tanto tiempo y siempre volver al comienzo de su nueva existencia, la soledad, esa era la que nunca lo abandonaba.
Ese día escogió como atuendo un antiguo traje que por su porte y figura lo hacían parecer un emperador de tiempos beatos para la ciudad, se colocó su sombrero de paño y tomó su bastón que secretamente escondía una espada, la misma que le había acompañado toda la vida, también tomó el artilugio que jamás en toda su existencia como inmortal había cargado consigo y salió a dar su recorrido usual por el centro histórico, ese día sintió que seria especial, quizás ese sería el día cero.
Se sumergió en las profundidades de un antiguo pasaje subterráneo donde se refugiaban seres de todas clases, ocultos bajo el disfraz de comerciantes chinos, árabes o hindúes; las hadas, duendes o elfos realizaban sus actividades como todos los días, algunos lo saludaban amigablemente otros simplemente le ofrendaban una inclinación de cabeza. Aquel lugar guardaba magia, tenía un sin fin de pasadizos que conectaban a la ciudad entre si, recordó el asombró que sintió cuando le fue develado el secreto de este mundo bajo tierra.
Ahí abajo había de todo, un salón de juegos donde se perdían enormes cantidades de oro, una taberna que apagaba la sed de cualquiera que deseara refrescarse a la luz de los rayos de sol que se colaban por entre las rendijas de las coladeras con una deliciosa cerveza de malta.
No le apetecía por el momento quedarse ahí, solo quería caminar por lo que decidió emerger cerca de la catedral, una de las principales salidas se encontraban a un lado del templo mayor.
3
El calor era fuerte ese día, el sol caía a plomo, Andreu sacó su pañuelo de seda fina y se secó la frente, recordó que cerca de ahí había un bar donde servían una excelente cerveza oscura de barril así que sin dilación emprendió la marcha.
Solo estuvo media hora, nunca le había gustado estar entre tanta gente en un espacio cerrado, el calor seguía golpeando duro al centro de la ciudad, empezó a sentir una calidez que le corría por la pierna derecha pero lejos estaba de ser provocada por el sol y encontró la causa en su bolsillo, la moneda de su hijo se sentía tibia, incertidumbre sentía en él, nunca en 900 años aquella pieza de oro se había calentado aunque fuera un poco, por el contrario, parecía un cubo de hielo, para despejar sus dudas fue corriendo hasta una farmacia y abrió un congelador de refrescos y sujetando la moneda metió la mano esperando que tomara la temperatura de siempre pero fue inútil, siguió cálida.
Salió corriendo y comenzó a recorrer desesperado las calles, temiendo alejarse y que el ligero candor desapareciera. Las avenidas principales fueron su primer objetivo, se acercaba lo más que podía a cuanto niño solo o acompañado veía pero la temperatura no variaba ni un ápice, no sabía que hacer, a donde ir, su corazón comenzó a palpitar con ritmo frenético al mirar en dirección de la plaza de la constitución y recordó de inmediato las palabras del ermitaño, apretó la moneda contra su pecho y se apresuró a llegar, su larga cabellera blanca se agitaba a su paso, la gente lo veía extrañada pensando si algo sucedía, un policía le preguntó en medio de su loca carrera si tenía algún problema y él le respondió negando con la cabeza, el oficial solo se encogió de hombros.
A medida que avanzaba el calor de la moneda aumentaba, los ríos humanos desembocaban en la plaza que lucía rebosante de personas. Ensimismado en su labor olvidó fijarse de su entorno y un autobús de pasajeros lo embistió con fuerza levantándolo y lanzándolo por los aires hasta dar contra un árbol mismo que partió por la mitad debido al impacto y potencia. Gritos y asombro de la gente que estaba cerca reinaron en el ambiente, un barrendero le ayudó a incorporarse y continuó corriendo ante el asombro de las personas, algunos se santiguaron ante lo que habían visto.
Su mano comenzaba a quemarse igual que su corazón, cruzó la avenida y un par de coches frenaron haciendo rechinar lastimeros sus neumáticos, un océano de caras y cuerpos se abría ante sus ojos, se adentró en él y comenzó su búsqueda rodeando las cuatro esquinas de la plaza, fijaba su vista de halcón en cada figura infantil que veía pero ninguna era, la moneda continuaba ardiente y no perdía su calor, estaba ahí y lo sabía, cerca del palacio nacional el ardor aumentó pero no había ningún niño cerca, ¿sería una jugarreta cruel del destino? Miraba en todas direcciones pero no encontraba nada, de pronto un espacio se abrió y pudo ver a un chiquillo parado junto al asta bandera que miraba en todas direcciones tratando de localizar a alguien, estaba perdido e intentaba localizar a sus padres.
A empellones se abrió paso entre la gente que lo miraba con desprecio, estaba tan cerca de lo que había esperado por tanto tiempo, 900 años estaban por llegar a su fin. La moneda comenzó a incendiarse, su color rojo intenso se asemejaba al de la lava incandescente pero no la soltó y cuando se halló a unos pasos del niño lo contempló con ternura, la misma con la que había visto morir a su hijo y que ahora vivía en ese pequeño, su rostro era el mismo, los ojos, los labios sonrosados y diminutos, su delgada nariz afilada, no tenía ni una línea diferente, el cabello negro ensortijado igual que siempre.
Un par lágrimas nacieron en los ojos de Andreu quien se inclinó y estrechó al niño entre sus brazos.
-¡Phillip, que día tan dichoso!
El niño no hizo el menor gesto de rechazo o sorpresa, aquel hombre le parecía familiar aunque nunca lo había visto y por el contrario sintió ganas de abrazarlo y así lo hizo, se refugió en su pecho, no era su padre pero lo sentía como tal.
Poco duró el momento pues un frío recorrió el pecho de Andreu, algo ajeno se había alojado en él, su hijo se desvaneció sin motivo aparente y al verlo descubrió con error que la materia extraña que se había introducido en su cuerpo era una filosa espada que lo había atravesado a él y al pequeño Phillip que ahora agonizaba por segunda vez. Una risa malévola le retumbó en los oídos y al girar la cabeza encontró al hechicero Bagdalá que cumplía su promesa de vengarse. No tuvo tiempo de descargar su ira porque la bala de un policía se alojó en la cabeza de su enemigo, su sangre de un rojo negrizco se esparcía lenta por la plancha hasta detenerse y formar un charco en el hasta bandera.
Sacó el artilugio de entre sus ropas y lo colocó en la herida de su hijo y cerrando los ojos dijo la palabra que accionaba al artefacto, ¡Renovatio! Dijo una y otra vez sin cesar pero fue en vano, Phillip yacía muerto en el suelo de la misma manera como sucedió 900 años atrás cuando en aquella primavera francesa la desalmada hoja de una espada y el funesto destino los había separado por primera vez.