jueves, 3 de diciembre de 2009

No hay 5to Malo

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Sí, mi cara no podía ser otra, la luz que había en ella se percibía a muchos metros de distancia, mis queridas amigas sonrieron cuando me vieron al otro día pues mi felicidad era imposible de ocultar y además nunca he sido buena para fingir. Maria me estrechó tan fuerte que sentí la falta de aire, Ana me regalo la sincera alegría que su rostro esbozaba.

No entramos a las dos primeras clases, no quisieron esperar a la hora libre que teníamos y quisieron saber cuanto antes todos los detalles de mi encuentro del día anterior. La cafetería estaba a reventar y no quedo de otra que ir al sanborns más cercano.

Todos los detalles los relaté y no las dejé con duda alguna, a cada palabra que decía mi mente recreaba todo y sentía como si lo viviera en ese mismo instante, mi cuerpo vibraba y Ana y Maria sonreían junto conmigo.

Para cuando regresamos a la Universidad solo faltaba una clase que igual no tomamos, esperamos a que terminara y entramos por nuestras cosas, todas nos despedimos en el estacionamiento y cada quien tomó su camino, yo me dirigí a la entrada para tomar un taxi, y ahí recargado junto a su coche me esperaba Leonardo.


-Contigo las sorpresas no terminan. –le dije y después lo besé.

Me estrechó fuertemente mientras yo me embriagaba con el aroma de su fragancia, me miró a los ojos y nuevamente me besó, agradecí a Dios, a la vida y al destino por eso que vivía.

Subimos a su coche y fuimos a comer a un restaurante italiano de la zona rosa, y las horas eran segundos, podía estar frente a él y nada más importaba, solo nosotros. Al terminar me llevó a un parque en donde caminamos y nos sentamos a mirar el ocaso.

Llegamos a las diez de la noche a mi casa, no podía contener más mi felicidad así que invité a Leonardo a pasar, mis padres cenaban y al vernos entrar nos invitaron a sentarnos con ellos, la mirada de mi madre me dio la confianza de presentárselos como mi novio, ambos quedaron sin habla por unos segundos y fue mi padre quien rompió el silencio con un bueno pues bienvenido, Leonardo se sintió en confianza y estrechó su mano, después saludó con un beso en la mejilla a mi madre.


Se ganó a mis padres de inmediato con su platica y a cada uno por separado, mi mamá quedó fascinada con todas las historias que le contó acerca de su ciudad natal y la comida que preparaban su madre y su abuela, mi papá en cambio quedó prendado sobre la charla de autos que tuvieron. Fueron dos horas las que estuvo en mi casa y todo salió de maravilla, todo era un sueño.

Las once marcó el antiguo reloj de pared, herencia de mis abuelos paternos, y Leonardo se puso de pie despidiéndose como siempre galante y gallardo. Se acecó hasta mi madre y delicadamente tomó su mano y la beso como un caballero de inicios del siglo pasado coronando el acto con una reverencia, estrecho la mano de mi padre con firmeza y lo que bien comenzo terminó mejor. Lo acompañé hasta la entrada, la noche era perfecta, templada y estrellada, como si el universo conspirara para eternizar aquel momento.

-Leonardo gracias, ha sido una noche mágica. -le dije sin mirarlo.
-En todo caso gracias al destino y a ti por cruzarte en mi camino.

Fue lo último que le escuche decir, me perdí en ese beso largo y profundo que medio, sabia a verdad a esperanza e ilusión, sus brazos me envolvían y yo me entregaba a aquel instante lleno de dulzura que no quería que terminara. Delicadamente me soltó y lo vi alejarse hasta su coche y sumergirse en la noche, me sentí como aquellas doncellas que veían partir a su caballero andante y esperar con fervor su regreso.