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El tercer semestre comenzó con cambios en la universidad, algunos maestros ya no estaban, el rector era otro así como las bajas de compañeros de la carrera. Mis amigas habían encontrado trabajo y sus relaciones cada vez eran más sólidas, en especial la de Ana quien ya salía de viaje con el novio y la familia de este, Maria por su parte afirmaba que comenzaba a pensar seriamente en algo formal con su pareja de aquel momento.
Por mi parte tenía dos semanas de salir con Leonardo, un empleado de la embajada italiana y que conocí gracias al profesor Francesco quien lo llevó a una de las exposiciones que organicé en el museo.
He de admitir que Leonardo me atrajo desde el primer momento, su porte de actor de los años cincuentas acompañado de su personalidad sencilla pero que te envolvía cuando lo escuchabas platicar sobre la gran cantidad de culturas con las que había tenido contacto en los muchos viajes que había realizado a sus 28 años terminaron por cautivarme, quizás Francesco sabía que eso me gustaría y por eso me lo presentó, se lo agradecí con una botella de coñac que mi padre había traído de Francia y de la que nunca se había tomado copa.
Nuestra primera cita fue al festival de cine italiano que organizaba la embajada, muchas de las películas que exhibían ya las había visto pero gustosa las volví a ver pues no podía negarme a excelentes filmes como La vida es bella, Sostiene Pereyra, Nunca te vayas sin decir te quiero o El cartero. Leonardo fue todo un caballero, me presentó con sus amigos, jefes e incluso con el embajador, me prestaba atención todo el tiempo y se desvivía porque yo lo pasara bien.
Mis amigas tuvieron opiniones diferentes cuando se enteraron, Maria por su parte me felicitaba a cada minuto, me pedía detalles de todo y quería escuchar una y otra vez la descripción de Leonardo y yo se lo detallaba muy parecido a Ewan Mcgregor pues en verdad se parecía mucho.
Ana en cambio me pedía mesura, no quería que me entusiasmara mucho pues apenas había sido la primera cita y debía llevar las cosas con calma.
-No digo que esté mal, te quiero mucho amiga y no me gustaría que pasaras un mal rato. –me estrechó fuerte y me regaló una sonrisa.
-Venga yo creo que está bien que se ilusioné, después de todo ya ha pasado bastante tiempo sin novio como para que la desanimemos. –dijo Maria con un tono fresco.
Yo valoraba ambos juicios pues los dos expresaban buenos deseos, eran sinceros y no buscaban otra cosa que mi bienestar como siempre lo hicieron mis amigas, mis hermanas.
Las siguientes citas ocurrieron bajo una atmósfera desbordada de romance y que sólo alguien lleno de sensibilidad, pero sobre todo de sorpresas, como él podían regalar, todas fueron de mi agrado pero hubo una que me gusto más que las otras pues me cumplió un sueño y que yo jamás pensé que habría de vivir.
Fue una cena, Leonardo me había llamado a mi celular para pedirme un favor al cual accedí sin dudar, me dijo que se encontraba en una comida con unos empresarios italianos y que necesitaba recoger unos documentos muy importantes, prometí ir por ellos una vez que saliera de la universidad y terminara unos pendientes que tenía en el museo, me dio la dirección y nos despedimos. El domicilio correspondía a una casona muy vieja ubicada en el centro de Coyoacan y que estaba en perfectas condiciones.
Al llegar y tocar a la puerta me sentí atrapada por una extraña sensación, imaginaba que estaba en tiempos de la colonia y que aquella casa pertenecía a algún noble que ofrecía un banquete al cual yo había sido invitada, el anciano que fungía como vigilante me sacó de mis pensamientos preguntándome que deseaba, le dije que iba de parte de Leonardo Scorza e inmediatamente me invitó a pasar. Caminamos a través de un pasillo de cantera roja, las paredes eran de roca sólida y el techo abovedado sostenía un par de candelabros españoles que mostraban el paso del tiempo, me dijo que pasara al otro extremo de la propiedad y que en el edificio de enfrente me darían lo que buscaba, cruce la enorme estancia y salí a un andador lleno de grandes macetas que conducía a un jardín, el cielo estaba lleno de estrellas y el lugar sumergido en tinieblas, voltee para buscar al señor y decirle que no veía nada pero ya no estaba. Guiándome a través de la pared caminé unos cuantos pasos, la rugosidad del piso y mis tacones no me ayudaban mucho, traté de agudizar mi vista pero era inútil, a lo lejos me pareció que una luz se escapaba de una ventana, pensé que quizás era ahí a donde tenía que dirigirme así que me encamine en esa dirección y baje el par de escalones que dividían al corredor del vasto jardín.
Avanzaba con dificultad debido al pasto y a que mis tacones se enterraban en el, sopló un viento frío que me erizo el cuerpo, la situación me incomodaba y pensé que lo mejor sería ir en busca del señor para pedirle que encendiera las luces, me di la vuelta y justo cuando emprendía el regreso todo se iluminó, desconcertada giré en dirección opuesta y me encontré de frente con Leonardo que sonreía, a su lado una mesa con velas y una botella de vino. He de haber tenido una cara de risa porque Leonardo se acercó a mi riendo mientras yo no salía de mi asombro, gentilmente me condujo hasta la mesa y invitó a sentarme, levantó la mano y de una de las habitaciones del fondo salieron tres hombre que tocaban un par de violines y un violonchelo.
Yo no terminaba de salir de mi asombro, todo aquello parecía sacado de algún libro o alguna película, sentí ganas de llorar porque ese era una de mis fantasías, poder tener una cena romántica en algún sitio lleno de historia, nadie sabía de ella, yo la había guardado para mí y un chico al que tenia solo tres semanas de conocer me la cumplía, eso realmente me impactó y termine por sucumbir ante los encantos de Leonardo Scorza.
La cena fue deliciosa, degustamos una rica pasta, un delicioso salmón mediterráneo, todo acompaño de un exquisito vino francés. La atmósfera embriagaba mis sentidos mas que el tinto, las estrellas ardían en lo alto como queriendo estallar, el ambiente era cálido, era la noche perfecta y yo me perdía en la mirada de mi pretendiente que me observaba como si fuera lo único existente en la tierra, agradecí la atención con una sonrisa y puse mi mano sobre la suya. Si, estaba enamorada por completo, Leonardo se acercó a mí y me besó tiernamente, la música sonaba melódica pero eso no importaba pues el amor se desbocaba en mi sangre como no sucedía en mucho tiempo.
No recuerdo cuantas horas pasaron pero para mí fueron segundos. No hubo muchas palabras, quizás algunos te quiero, pero no había necesidad de decir algo porque nuestras miradas y gestos lo decían todo incluso nuestro silencio. Leonardo se sentó junto a mí y yo me acurruqué en su pecho, me sentía protegida y segura, su cuerpo me brindaba el calor que hacía mucho tiempo no tenía. Tres años habían pasado desde la última vez y ahora volvía a tener alguien a mi lado, en esos instantes mi mente volaba al futuro y se imaginaba todo lo que habría de vivir de ahora en adelante, las risas que estarían por venir, los sueños placenteros que habría de tener, todo absolutamente todo, era tal la felicidad que desgraciadamente me olvidé del destino, me olvidé de la vida, me perdí y no recordé que a veces ellos se inmiscuyen y deciden otra cosa.