La siguiente historia corria con la misma suerte que la anterior y hoy la saco a la luz para compartirla contigo querido lector (a). Espero que la disfrutes.
Si quieres tomar su lugar a mi me da igual, solo dos cosas te digo: en este negocio la memoria no existe y una vez que entras no hay vuelta atrás. Fue lo único que escuchó en toda su vida decir a su jefe después de alejarse de la bodega abandonada, caminar unos cuantos metros y jalar el gatillo de la beretta 9 milímetros en la oscuridad del callejón pestilente donde apagó la vida de su antecesor.
Desde entonces y puntualmente como cada mañana de lunes y desde hacía cinco años, Fausto encontraba en la puerta de su departamento un sobre amarillo que contenía la foto de su víctima, un breve resumen de sus actividades y el pago adelantado por sus servicios.
Rara la vez tenía una o dos semanas de vacaciones y aquella era una de esas, donde realizaba su vida con normalidad, la fachada que se había fabricado alrededor era perfecta, de día un simple cajero de super mercado y de noche asesino a sueldo. Sus 30 años y su personalidad flemática redondeaban el cuadro.
El despertador sonó, se levantó, caminó, se metió en la ducha y se baño con agua fría como todas las mañanas. Se vistió y salió del departamento, afuera sobre el tapete de la entrada no había nada. Cerraba la puerta con llave cuando del apartamento de enfrente salió aquel hombre bonachón que tenía dos semanas de haberse mudado y que no daba tres pasos seguidos sin que se escuchara su ruidosa carraspera. El hombre lo saludó pero solo recibió de Fausto un esbozo de sonrisa.
Llegó al trabajo y realizó sus actividades tal y como la rutina lo dictaba: sentarse, pasar objetos, recibir dinero y dar cambio. Así pasaron dos horas, su vista se perdía en una revista cuando llegó un cliente que comenzó a poner sus artículos en la banda, una lata de atún y un refresco. Sin despegar la vista de la revista pasó los objetos por el scanner, fue esa carraspera familiar lo que desvió su mirada para encontrar a su vecino.
-Doce pesos por favor. –pronunció seco.
Aquel hombre rasco en sus bolsillos pero apenas juntó diez, Fausto que no era muy paciente le dijo que si no le alcanzaba que dejara un objeto, el hombre después de una valoración rápida se decidió por la coca, nunca supo si fue la situación de aquel desdichado o algún recuerdo lejano lo que le hablando el corazón y lo movió a darle la lata. El hombre la recibió con gusto y se alejó.
Al llegar a su casa Fausto se sumergió en un oleaje de confusión, nunca había hecho algo así, nunca había tenido piedad ni aún cuando alguna de sus víctimas se lo suplicaba.
Se levantó al día siguiente y se bañó como todas las mañanas, se vistió y justo cuando salía se topó con algo inusual en cinco años, el sobre amarillo estaba sobre el tapete, lo recogió y se metió de nuevo a su departamento. Las instrucciones decían así:
Ejecuta al sujeto que pasa todas las noches a las 11en el callejón condesa, siempre lleva un portafolio y un bastón.
Todo aquello estaba demasiado raro, el sobre en un día distinto, las instrucciones tan cortas y no había foto, sólo el dinero estaba completo. Pasó largas horas repasando una y otra vez las posibles respuestas a las preguntas que se formulaba en la mente pero ninguna le satisfacía. No fue a trabajar y esperó paciente a que anocheciera.
El reloj marcaba las 10, salió de su apartamento, en el pasillo se topó con su vecino quien lo saludó pero él siguió con su camino sin detenerse. Caminó rápido con las manos en los bolsillos del abrigo.
Cuando llegó al callejón faltaban 10 minutos para las once, se situó al otro lado de la avenida, justo en frente de su objetivo y espero paciente, observando todo cuanto sucedía a su alrededor, los coches que circulaban y la gente. Cinco minutos y nadie que se asemejara a la descripción, los nervios que nunca había tenido en su oficio ahora le corrían desde el cuello hasta los pies.
Las once en punto, la avenida sola, el humo de las coladeras emanaba y se elevaba hasta perderse, un coche pasó a toda velocidad, aquello no tenía sentido, nadie pasaba a esas horas por ahí, decidido a irse se ajusto el cuello del abrigo cuando escucho un ruidito a lo lejos, toc, toc. Volteó en la dirección del ruido y una figura se dibujo a lo lejos, se agazapo junto a un poste y espero paciente a que el hombre de avanzada edad y que sujetaba un portafolio en su mano derecha un bastón con el que se apoyaba para caminar pasara frente a él, instintivamente se llevó la mano a la bolsa interior del abrigo pero no encontró lo que buscaba, su beretta 9 milímetros.
Regreso a su casa con cierta tranquilidad, las instrucciones eran verdaderas y no había porque dudar más aunque se decidió por comprobar una vez mas y a la noche siguiente hizo lo mismo y todo ocurrió con normalidad, el anciano pasó caminando apoyado en su bastón a las once en punto.
Así sucedió todo en las dos siguientes noches y a la tercera salió de su apartamento cargando el arma en la bolsa interior del abrigo. Se situó frente al callejón condesa al diez para las once, como en cada trabajo se arrepintió por lo que habría de hacer y una vez que se sintió tranquilo sacó la pistola y la oculto en su espalda. El reloj marcó las once en punto y su victima no pasó, espero diez minutos mas y pero el resultado fue el mismo, una sombra de duda se cernió sobre él. Su mente viajó de inmediato al pasado, cinco años atrás y recordó como emboscó a su antecesor con la ayuda de su jefe para después aniquilarlo, una cita falsa y todo lo demás fue pan comido. Regresó rápidamente a su departamento, lleno de un delirio de persecución en todo su ser, observaba todo a su alrededor esperando encontrar algo extraño pero no pasó nada.
Entró en el departamento y se sintió a salvo, se despojó de su abrigo y lo puso en el perchero, después de la beretta y la dejó sobre la mesa. Se dirigió a su habitación que estaba hundida en una completa oscuridad, caminó en dirección de la lámpara cuando escuchó el ruido característico de un percutor amartillado, después una carraspera y por último un disparo.
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